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SEPTIEMBRE

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Julio Cortázar ante los dogmas de la Ciencia.

Por Antonio Las Heras


¿La finalidad de mi búsqueda?
No se trata de satisfacciones mentales ni de someter
a otra vuelta de tuerca una Naturaleza todavía mal colonizada. (J. C.)



Este 26 de agosto se cumple un nuevo aniversario de cuando, en 1914 y en la localidad belga de Ixelles, naciera Julio Cortázar.
¿Qué no se ha escrito y dicho sobre las calidades literarias, poéticas y ensayísticas de este autor? Por eso hemos de referirnos aquí a un aspecto menos conocido; casi – nos atrevemos a decir – desconocido de su obra y pensamiento. Se trata de su modo para analizar ciertos enunciados científicos que suelen aparecer como dogmas. Cual si fueran verdades más allá de toda posibilidad de discusión. Encontraremos, así, un Cortázar que se interroga – sin descuidar la dimensión poética – sobre qué es esto que llamamos “realidad” y qué criterios utilizamos para aceptarla como tal.
El autor de “Rayuela” ha hecho de todo el tránsito de su existencia un permanente cuestionamiento de aquellos supuestos dados por establecidos. Lleva a todo ámbito esas preguntas que son raíz y esencia de la condición humana. ¿Por qué esto es así? ¿Esto no puede hacerse de otro modo? Tales interrogantes permitieron que nuestra especie dejara las cavernas y, en la actualidad, se encuentre explorando planetas como Marte con el auxilio de asombrosas espacionaves automáticas.
En su texto “Prosa del observatorio”, publicado en 1972 con motivo del Año Internacional del Libro, Cortázar señala sus puntos de vista, de los cuales transcribimos los siguientes párrafos:
“Esta noche he visto el río de las anguilas, he estado en Jaipur, he visto las anguilas en la rue du Dragon, en Paris. Y mientras cosas así me ocurran o me habite la certeza de que pueden ocurrirme, no todo está perdido. Le estoy escribiendo sobre una raza que puebla el planeta y que la ciencia quiere servir, pero mire usted: su abuela fajaba a su bebé, lo volvía una pequeña momia sollozante. Y usted creció más libre y acaso su bebé desnudo juega ahora mismo sobre el cobertor y el pediatra lo aprueba satisfecho. Solo que el bebé sigue siendo el padre de ese adulto que usted llama Homo Sapiens, y lo que la ciencia le quitó al bebé la misma ciencia lo anuda a ese hombre que lee el diario y compra libros. Entonces es necesaria la enumeración, la clasificación de las anguilas y el fichero de estrellas, nebulosas y galaxias. Libre el bebé y fajado el hombre, la pediatra de adultos, Dama Ciencia, abre su consultorio. Hay que evitar que el hombre se deforme por exceso de sueños, fajarle la visión, manearle el sexo, enseñarle a contar para que todo tenga un número. A la par la moral y la ciencia. Y una sociedad que sólo sobrevive si sus células cumplen el programa”.
Bien puede asegurarse que el autor lo que persigue a través de los escritos que componen las páginas de “Prosa del observatorio” es disolver el esquema de lo definido en términos de encorsetado. De alguna manera nos trae el recuerdo de aquella frase del poeta Vinicius de Moraes: “Me molesta todo lo que aprieta, aunque sea la corbata.”
Denuncia – y pensemos que el libro fue redactado a comienzos de la década del 70 – la civilización de máscara donde etiqueta, número y dogma se conjugan como manera clave para transitar convenientemente la vida cotidiana. A lo que Cortázar se está refiriendo es a las advertencias que realizó Carl G. Jung sobre las deformaciones que se estaban produciendo en las manifestaciones sociales del Arquetipo de la Máscara, ya en la civilización occidental durante la primera mitad del siglo XX.
La autenticidad se pierde a favor de mostrar frente a los demás posturas enmascaradas tanto como actos en los que, en sí mismo, se descree. Hace Cortázar una válida queja hacia esa sociedad en la que él se encuentra inmerso y, desde tal interioridad, se ocupa en describir. Muestra su disconformidad con los científicos tanto como con el mundo en general que requiere, pide y exige explicaciones definidas y definitivas frente a lo que el autor de “Casa tomada” asimila a la configuración de acontecimientos generados por los azarosos entramados que hace la Naturaleza, para los cuales la mente humana no tiene capacidad suficiente para una total y absoluta comprensión. Mucho menos para emitir leyes predictivas que hayan de juzgarse eternas.
Concluye Cortázar su escrito, en éstos términos:
“…pero lo abierto sigue ahí, pulso de astros y anguilas, anillo de Moebius de una figura del mundo donde la conciliación es posible, donde anverso y reverso cesarán de desgarrarse, donde el hombre podrá ocupar su puesto en esa jubilosa danza que alguna vez llamaremos realidad.”
Y por si algo más fuere necesario para entender la idea sustentada, transcribimos la respuesta ofrecida, en París, durante una entrevista periodística:
"Desde chico puse en duda todo lo que los demás daban por sentado. Me rehusaba a creer que las cosas fueran tales como aparentaban ser."




Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social, filósofo y escritor. e mail: alasheras@hotmail.com













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