LUNES 28
SEPTIEMBRE

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Carta Pastoral del Obispo de Chascomús

La Parroquia Nuestra Señora de los Dolores, comparte con toda la comunidad la Carta pastoral en ocasión de la Fiesta del Bautismo del Señor, celebrada este domingo.


Carta del señor Obispo a la Diócesis en la Fiesta del Bautismo del Señor

Queridos hermanos y hermanas:
¡Feliz fiesta del Bautismo del Señor! Esta celebración me mueve a invitarlos a que hagamos el ejercicio espiritual de volver a descubrir nuestro bautismo, a despertar nuestra conciencia bautismal.

Siempre les digo que agradezcamos a nuestros padres que nos hayan dejado nacer y también a nuestras familias que con fe nos llevaron a la pila bautismal.

Pido a las familias cristianas: bauticen cuanto antes a sus hijos. Cuando la fe está viva e ilumina de veras nuestra vida no podemos privar a los niños de la vida nueva de la gracia bautismal.

Les comparto lo que dice del bautismo San Gregorio Nacianceno: “es el más bello y magnífico de los dones de Dios […] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de la incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios” (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40, 3-4).

El bautismo es la experiencia fundamental del cristiano, nuestro nacimiento, la cuna de nuestra identidad, que nos dice quiénes somos y cuál es nuestra misión.

1) Quiénes somos

“¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente”, y eso que “lo que seremos no se ha manifestado todavía […] seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3, 1-2). Ésta es nuestra verdad: Dios nos ama, nos ha hecho hijos suyos, a pesar de nuestro pecado nos sigue amando y nos destina a una eternidad de vida feliz con Él. Dios nos ha tomado de la mano para siempre, el bautismo abraza toda nuestra vida en el tiempo y en la eternidad.

Al derramar agua sobre nuestras cabezas quien nos bautizó dijo: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, en ese instante fuimos inmersos en Dios Trinidad y, si somos capaces de agudizar los sentidos del espíritu, volveremos a experimentar que el cielo se abre sobre nosotros y Dios Padre vuelve a decirnos: “Tú eres mi hijo muy querido, tú eres mi hija muy querida” (Cf. Mt. 3, 17). ¡Vivamos la dignidad y la alegría de llamarnos y ser realmente hijos de Dios!

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5, 5). Somos templo del Espíritu Santo que habita en nosotros y nos ha consagrado como sacerdote, profeta y rey. ¡Ungidos con la fuerza del Espíritu Santo para vivir como Jesús vivió!

“¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gracia del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom. 6, 3-4).

Fuimos bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitado. Jesús murió en la cruz para liberarnos del pecado y, resucitado venció a la muerte; al ser injertados en su muerte y resurrección fuimos liberados del pecado original y comenzó en nosotros la vida de la gracia que es la vida de Jesús resucitado. Al participar de la muerte y resurrección de Cristo comienza la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo misionero.

En la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo somos incorporados a la familia de Dios, hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos que es la Iglesia, en ella recibimos consuelo, fortaleza y luz. ¡Somos la Iglesia de Jesús, somos su Pueblo santo!

El apóstol Pedro nos dice hermosamente: “Ustedes a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (1 Ped. 2, 5). ¡Somos esas piedras vivas!

Del bautismo se deriva también un modelo de sociedad: la de los hermanos. La fraternidad –que no puede establecerse por una ideología y menos aún por decreto- lleva al desarrollo de una solidaridad real con todos los miembros de la familia humana. Aportemos fraternidad: no levantemos muros y construyamos puentes, salgamos al encuentro y que nadie nos sea indiferente, conservemos la unidad y vivamos la paz de todos que nace de la justicia de cada uno.

2) Cuál es nuestra misión

El anuncio del Evangelio es la misión del bautizado. Es la misión que Jesús confió a los apóstoles y a la Iglesia: “Como el Padre me envió, yo los envío a ustedes” (Jn. 20, 21), “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc. 16, 16).

San Pablo VI dice en la Evangelii nuntiandi que la Iglesia existe para evangelizar y que nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce (Cf. EN. 14-15). El bautismo nos hace participes de esa misión.

“El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado por la unción, Él me envió a llevar la Buena Noticia…” (Lc. 4, 18). Con los corazones llenos del fuego del Espíritu Santo, invocándolo constantemente, nos evangelizamos y hacemos evangelizadoras nuestras comunidades. Como nos dice el Papa Francisco: “El Espíritu Santo infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente” (EG. 259).

“No nos dejemos robar la alegría evangelizadora” (EG. 83). Debemos tener una serena y lúcida conciencia de la amplitud y profundidad de los cambios culturales, del laicismo que no deja espacios para Dios y busca eliminar toda referencia religiosa y que con frecuencia encuentra complicidad en el debilitamiento de la fe de los católicos arrastrándolos a vivir como si Dios no existiese e intentando diluir la originalidad y la fuerza transformadora del mensaje cristiano. Pero también debemos ser sensibles y dejarnos interpelar por la sed de Dios y la búsqueda de espiritualidad de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo, que nos hablan de que es necesario e impostergable darnos cuenta que nos encontramos ante una verdadera emergencia evangelizadora.

El camino para afrontar esta emergencia nos lo muestra el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelli gaudium que necesitamos seguir encarnando, “en espíritu y en verdad”, en nuestras comunidades.

Al concluir esta carta quiero hacerles a todos el anuncio fundamental del Evangelio: ¡Dios te ama! ¡Cristo te salva! ¡Él vive!

Y les recuerdo con Aparecida que: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona, haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obra es nuestro gozo” (DA. 29).

Tengamos el coraje, la libertad y la alegría de entregarnos a esta misión que el Señor nos confía al llamarnos por el bautismo.

Con mi oración por ustedes, los abrazo y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.



Carlos H. Malfa

Obispo de Chascomús



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