VIERNES 24
MARZO

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Camino a la pascua: Columna del Padre Maxi

“Y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34)


Comenzamos este segundo viernes de reflexión con un texto del evangelio de San Juan. Dice así: “Uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua. (Jn 19,34). La imagen del agua es una figura tomada de la escritura, que ya desde el Antiguo Testamento, está relacionada a la vida, a la bendición y a la presencia de Dios. Y si del agua se trata, surge el Bautismo que todos alguna vez recibimos. Es el agua el que fue derramada sobre nuestras cabezas invocando al: “Padre y el Hijo y el Espíritu Santo”. O sea, Dios mismo sobre nosotros, sobre nuestras almas.
El agua, en la Biblia, significa el Espíritu Santo. El último suspiro de Jesús en la cruz se convirtió en el primer suspiro de la Iglesia. Ésta es la coronación de toda la obra de la redención, su fruto mejor. Porque lo que Jesús nos regaló no es solamente el perdón de los pecados, sino también en sentido positivo, el Don de la vida nueva del Espíritu. Todo lo que Jesús hizo, lo hizo para dejarnos esta herencia. Pasamos a vivir una nueva vida en el Espíritu. Una y otra (la vida nueva y el perdón de los pecados) están unidos hoy en la iglesia, donde por medio del Espíritu, se perdonan los pecados con la fuerza que viene de lo alto.
Es cierto que la venida del Espíritu se da de modo público en Pentecostés (lo que sucede en nosotros en la confirmación), pero el apóstol San Juan ve en el momento de la cruz de donde proviene ese Espíritu. En Pentecostés, irrumpe desde lo alto sobre los apóstoles, pero el origen es la Cruz. Jesús muere para darnos la vida nueva, la vida en el Espíritu. Derramando su sangre, se expande la vida a lo largo de toda la tierra y a lo largo de toda la historia. Vida que la iglesia sigue expandiendo y derramando sobre el mundo.
El Espíritu, que da la vida, es más urgente que nunca en estos tiempos que vivimos. En medio de tanta idolatría y el materialismo que intenta recubrirla, existe en nuestra sociedad que vivimos la necesidad (confusa) de algo nuevo y distinto. Algo que no termine en nosotros y nos haga encerrarnos en cada uno. Que dé sentido eterno a la vida. Vivimos en una constante insatisfacción, la señal de esto es la tristeza, una tristeza impresionante para el que todavía no está acostumbrado a ella. Incluso los niños mismos, van siendo educados silenciosamente en la tristeza. Pareciera que la inconformidad sea moneda corriente. Eso que padecen los niños, los adolescentes y hasta los mayores.
Vivimos en una nostalgia del “totalmente otro”. “Eso” que sentimos en lo más profundo del corazón y que nos “quema” dentro. Eso que nos despierta ser de otra manera pero no sabemos cómo hacerlo. ¡“Eso” es el Espíritu Santo! Él es la libertad, la novedad, la gratuidad, es la belleza y el gozo. Él es la vida que deseamos y que luchamos por alcanzar, pero a la que no llegamos nunca. Gracias al Espíritu Santo nos es dado vivir para siempre, más allá de vivir bien o de creer que ya lo tenemos todo.
¿Cómo llegar a vivir esa vida nueva? En los sacramentos, en la iglesia. Por medio de los sacramentos recibimos la Vida nueva, la Vida que Jesucristo nos concede. Muriendo en la cruz nos dio su Espíritu compartiéndonos la vida de Dios. Él sigue soplando sobre nosotros, aunque no le hacemos caso y sigamos confiando en nuestras propias fuerzas más que en su ayuda. Pero aun así, Él sigue soplando sobre nosotros…
Aunque vivamos en un mundo rodeado muchas veces de tinieblas, inclusive en tantas existencias cristianas apagadas y tibias, vuelven a florecer la Vida con mayúscula, bajo el contacto con Espíritu de Cristo. Renacen y vuelven a descubrir la grandeza de su Bautismo, se alegran de ponerse al servicio de la iglesia para la evangelización, y aún en medio de grandes pruebas, ponen sus manos en el Dios que no nos abandona.
Junto a la cruz de Jesús estaba el apóstol Juan, el más joven de los discípulos; él fue el que “vio y dio testimonio”. Hoy igualmente Jesús llama a los jóvenes junto a sí a los pies de la cruz. Es bueno dejar todo por Cristo, para ponerse a su servicio en una vida de servicio. Es muy bueno formarse una familia humana, pero es todavía mejor trabajar para reunir a la familia de Dios. Si nuevas generaciones escuchan su llamado, y no se dejan vencer por la mediocridad; nuevos cristianos que llegaran a vivir la vida nueva. Nuevas generaciones que harán de la iglesia fermento en una sociedad triste y apagada. Revelando el sentido por el cuál la iglesia tiene sentido su existencia. La iglesia no existe para otro fin que no sea para comunicar la vida nueva. Todas las otras imágenes que existan de la iglesia no son más que caricaturas erradas de la verdadera esencia que la constituye.
Vivir la nueva vida del Espíritu Santo. Una vida nueva llena de Dios. Donde se nos abre un horizonte diferente. Porque nos damos cuenta que no estamos solos, porque Dios camina a nuestro lado en tantos “otros” que nos rodean y no nos dejan padecer necesidades.
Esto le pedimos a Dios; que nos regale su Espíritu en esta cuaresma y podamos compartir la vida con los que tenemos cerca. Haciéndoles la vida mejor, compartiendo todo lo que tenemos -tiempo y bienes materiales-, pero sobre todo la Vida (con mayúscula que hemos recibido) y que se nos derramó cuando de su corazón “salió sangre y agua” (Jn 19, 34)
¡Hasta la semana que viene!




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